Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra La joven entró, pero se detuvo, sobrecogida, por el intenso olor a polvo y a suciedad que reinaba en el ambiente. Pese a la escasa luz de la lámpara pudo apreciar con nitidez la cochambre que rodeaba a Gordon: restos de comida y periódicos sobre la mesa, la parrilla de la chimenea abarrotada de cenizas frÃas, cacharros sucios junto al hornillo y la aspidistra muerta. Se acercó lentamente a la cama, se quitó el sombrero y lo arrojó sobre la silla.
—¡Vaya sitio para vivir! —exclamó Rosemary.
—Asà que has regresado, ¿eh? —dijo Gordon.
—SÃ.
Gordon, con el brazo sobre el rostro, se volvió ligeramente para que ella no lo viera.
—Supongo que vienes a sermonearme un poco más, ¿no?
—No.
—Entonces, ¿para qué?
—Para…
Se habÃa arrodillado junto a la cama. Le apartó el brazo del rostro y se acercó para besarle; después se retiró, sorprendida, y comenzó a acariciarle el cabello de las sienes con las yemas de los dedos.
—¡Oh, Gordon!
—¿Qué pasa?
—¡Tienes canas!
—¿De veras? ¿Dónde?