Que no muera la aspidistra

Que no muera la aspidistra

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—Aquí, en las sienes. Unos mechones. Te han salido de repente.

—«Mis mechones dorados hace tiempo que se tornaron plateados[18]» —declamó con indiferencia.

—También los míos se están volviendo grises —apuntó Rosemary.

E inclinó su cabeza para mostrarle las tres canas que le habían salido en la coronilla. Después se deslizó en la cama junto a Gordon, pasó un brazo por debajo del cuerpo de Gordon, lo atrajo hacia ella y comenzó a cubrirle el rostro de besos. Gordon la dejó hacer. Él no pretendía que aquello sucediera, de hecho, era lo último que deseaba. Pero Rosemary se había colocado debajo de él; se hallaban pecho con pecho. El cuerpo de ella pareció fundirse con el suyo. Por la expresión de su rostro, Gordon adivinó los motivos de su visita. Después de todo, ella era virgen. Y no era consciente de sus actos. Sus impulsos obedecían a la magnanimidad, a la pura generosidad de su corazón. La miseria en la que vivía Gordon la había empujado a regresar. Pero la única razón de que quisiera acostarse con él, aunque solo fuera una vez, radicaba en que Gordon era un fracasado sin un céntimo.

—Tenía que volver —le dijo Rosemary.

—¿Por qué?

—No soportaba la idea de saber que estás aquí solo. Me parece espantoso que vivas de esta manera.


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