Que no muera la aspidistra

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XI

¡Primavera, primavera! ¡Entre marzo y abril, cuando la hierba comienza a brotar! Cuando los árboles resplandecen y un manto verde de hojas grandes y alargadas los envuelve. Cuando los sabuesos de la primavera recorren las huellas del invierno. Tiempo primaveral, el único que es hermoso, cuando los pájaros lanzan su canto melodioso al cielo: pío-pío, cucú, tuit-tuit… Y así sucesivamente, como cantaría casi cualquier poeta entre la Edad de Bronce y 1850.

Pero resultaba completamente absurdo que, en la época de la calefacción central y los melocotones en almíbar, miles de los llamados poetas siguieran escribiendo en los mismos términos. En nuestros días, ¿en qué se diferencian, para la gente común y corriente, la primavera, el invierno o cualquier otra estación? En una ciudad como Londres el único testimonio del cambio de estación, aparte de la temperatura, son las cosas que se ven en el suelo: a finales de invierno, sobre todo hojas de col; en julio, huesos de cerezas; en noviembre, restos de fuegos artificiales; hacia Navidad, la piel de las naranjas es más gruesa. En la Edad Media era distinto. Los poemas sobre la primavera tenían algún sentido cuando esta significaba carne fresca y verduras verdes tras meses de frío intenso en algún chamizo sin ventana, alimentándose exclusivamente de pescado en salazón y pan mohoso.


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