Que no muera la aspidistra
Que no muera la aspidistra La tentación era demasiado grande para no caer en sus garras. La había deseado durante tanto tiempo que no se detuvo a analizar las consecuencias. Así pues, había ocurrido, sin demasiado placer, en casa de la señora Meakin, sobre una cama mugrienta. Cuando terminaron, Rosemary se levantó y se vistió de nuevo. Aunque la habitación era asfixiante, hacía un frío mortal. Ambos tiritaban ligeramente. Arropó a Gordon con el edredón, que permanecía tumbado sin moverse, dando la espalda a Rosemary y cubriéndose el rostro con el brazo. Ella se arrodilló junto a la cama, le agarró la mano y la apretó contra su mejilla durante unos minutos. Gordon apenas se percató de su gesto. Después, Rosemary se marchó, cerró la puerta con sigilo y comenzó a bajar de puntillas los peldaños de la apestosa escalera. Se sentía descorazonada y disgustada, y estaba muerta de frío.