Sin blanca en Paris y Londres

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Resulta muy instructivo ver a un camarero cruzar la puerta del comedor de un hotel. Nada más pasar sufre un cambio repentino. Se altera la postura de sus hombros; la suciedad, la prisa y la irritación desaparecen al instante. Se desliza sobre la alfombra tan solemne como un cura. Recuerdo haber visto a nuestro maître d’hôtel ayudante, un italiano muy fogoso, detenerse ante la puerta para reprender a un aprendiz que había roto una botella de vino. Blandió el puño sobre su cabeza y le gritó (por suerte, la puerta estaba más o menos insonorizada): «Tu me fais chier. ¿Y tú te llamas camarero, pedazo de cabrón? ¡Tú, un camarero! No sirves ni para fregar el suelo del burdel donde trabajaba tu madre. Maquereau!».

No le bastaban las palabras, así que se volvió hacia la puerta y antes de abrirla soltó un pedo ruidoso, uno de los insultos favoritos de los italianos.

Luego salió al comedor y flotó por él plato en mano con la elegancia de un cisne. Diez segundos más tarde estaba inclinándose con reverencia ante un cliente. Y, al verlo inclinarse con la sonrisa benévola del camarero bien entrenado, era inevitable pensar en lo avergonzado que debía de sentirse aquel cliente al ver que le servía semejante aristócrata.


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