Sin blanca en Paris y Londres

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Era divertido contemplar aquel sucio y minúsculo fregadero y pensar que solo nos separaba una puerta doble del comedor. Ahí estaban los clientes en todo su esplendor: manteles inmaculados, jarrones llenos de flores, espejos y cornisas doradas y querubines pintados; y, a unos pies de distancia, estábamos nosotros en medio de nuestra repugnante porquería. Porque era en verdad repugnante. No teníamos tiempo de barrer hasta la noche, y resbalábamos en una mezcla de agua jabonosa, hojas de lechuga, papeles rotos y comida pisoteada. Una decena de camareros, en mangas de camisa y con las axilas sudadas, se sentaban a la mesa aliñando ensaladas y metiendo los dedos en los botes de nata. El fregadero despedía un hediondo olor mezcla de comida y sudor. En todas partes, en los armarios, detrás de la vajilla, había exiguas reservas de comida que los camareros habían robado. Solo había dos pilas y ningún lavabo, y no era raro que los camareros se lavasen la cara con el agua de aclarar los platos. Pero los clientes no lo veían. Había una esterilla y un espejo en la puerta del comedor, y los camareros se atildaban para salir convertidos en la viva imagen de la pulcritud.





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