Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres »Absurdo, ¿eh? Pero, cuando se tiene hambre, se hace cualquier cosa. Además, era cierto que no tenía nada que perder. Salí de la cama y empecé a rezar:
»“Querida Sainte Éloïse, si existes, envíame un poco de dinero. No te pido mucho: solo lo suficiente para comprar un poco de pan y una botella de vino con los que recobrar las fuerzas. Con tres o cuatro francos será suficiente. No sabes cuánto te lo agradeceré, Sainte Éloïse, si me ayudas. Y te aseguro que, si me envías algo, lo primero que haré será ir a encenderte una vela, en tu iglesia al fondo de la calle. Amén”.
»Dije lo de la vela, porque había oído que a los santos les gusta que enciendan velas en su honor. Por supuesto, pensaba mantener mi promesa. Pero soy ateo y, en realidad, no creía que fuese a pasar nada.
»En fin, volví a meterme en la cama, y cinco minutos después oí llamar a la puerta. Era una joven llamada María, una corpulenta campesina que vivía en el hotel. Era un poco simple pero buena persona, y no me gustó que me viera en aquel estado.
»—Nom de Dieu! —gritó al verme—. ¿Qué te ocurre? ¿Qué haces en la cama a estas horas? T’en as une mine! Pareces más un cadáver que un hombre.