Sin blanca en Paris y Londres

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Pasabas otras cuatro horas en los sótanos y luego salías, sudoroso, a la calle fría. La única luz era de las farolas —ese extraño resplandor purpúreo de las farolas parisinas— y, al otro lado del río, la torre Eiffel, que centelleaba de arriba abajo con luces zigzagueantes como enormes serpientes de fuego. Hileras de coches se deslizaban sin ruido de aquí para allá, y las mujeres, con aire exquisito bajo la luz tenue, paseaban por los soportales. A veces alguna nos miraba a Boris o a mí y, al reparar en nuestra ropa grasienta, apartaba a toda prisa la mirada. Librabas otra batalla en el metro y llegabas a casa a las diez. Por lo general, de diez a doce iba a un pequeño bistro que había en nuestra calle, un local subterráneo frecuentado por peones árabes. Era un sitio donde había muchas peleas y más de una vez vi lanzar botellas con efectos pavorosos, pero por lo general los árabes discutían entre ellos y dejaban en paz a los cristianos. El raki, la bebida árabe, era muy barata, y el bistro estaba abierto a todas horas, pues los árabes —dichosos ellos— podían pasarse el día trabajando y las noches bebiendo.






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