Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres En la sala de quince pies de lado con el suelo de ladrillo se amontonaban unas veinte personas, y el aire estaba turbio por el humo. El ruido era ensordecedor, pues todo el mundo cantaba o hablaba a gritos. A veces era solo un alboroto confuso de voces; otras todo el mundo se ponía a cantar la misma canción: la «Marseillaise», o la «Internationale», o «Madelon», o «Les Fraises et les Framboises». Azaya, una corpulenta campesina que trabajaba catorce horas al día en una fábrica de vidrio, cantaba una canción que decía: «Elle a perdu son pantalon, tout en dansant le charleston». Su amiga, Marinette, una joven corsa, morena y delgada de virtud obstinada, juntaba las rodillas y bailaba la danse du ventre. Los Rougier entraban y salían para beber de gorra e intentaban contar una larga y complicada historia sobre alguien que les había engañado al venderles una cama. R., cadavérico y silencioso, bebía tranquilamente en su rincón. Charlie, borracho, bailaba y trastabillaba de aquí para allá con un vaso de falsa absenta en equilibrio sobre la mano rechoncha mientras tocaba los pechos a las mujeres y declamaba poesía. La gente jugaba a los dardos y se apostaba las copas a los dados. Manuel, un español, arrastraba a las jóvenes a la barra y rozaba el cubilete contra su vientre para que le trajese suerte. Madame F. se plantaba detrás de la barra y servía chopines de vino con un embudo de peltre y con un trapo mojado a mano, porque todos los hombres de la sala intentaban coquetear con ella. Dos niños, hijos ilegítimos de un albañil muy forzudo llamado Louis, se quedaban en un rincón y compartían un vaso de sirop. Todos estaban muy contentos y convencidos de que el mundo era un buen sitio y nosotros un interesante grupo de personas.