Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Pasaba una hora sin que disminuyera aquel estrépito. Luego, a eso de la medianoche, se oía un penetrante grito de «Citoyens!» y el ruido de una silla volcada. Un obrero rubio y sanguíneo se había puesto en pie y había golpeado la botella contra la mesa. Todo el mundo dejaba de cantar y se corría la voz: «¡Chis, Fureux va a empezar!». Fureux era un individuo extraño, un cantero del Limousin que trabajaba toda la semana sin parar y los sábados bebía hasta sufrir una especie de paroxismo. Había perdido la memoria y no recordaba nada antes de la guerra, y si madame F. no hubiese cuidado de él, se habría matado bebiendo. Los sábados por la tarde, a eso de las cinco, madame F. le decía a alguien: «Ve a por Fureux antes de que se gaste el sueldo en bebida», y cuando lo atrapaban le quitaba el dinero y le dejaba únicamente el suficiente para emborracharse. Una semana se escapó, se desplomó borracho en la Place Monge y lo atropelló un coche que le dejó malherido.