Sin blanca en Paris y Londres

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Lo raro de Fureux era que, aunque sobrio era comunista, cuando se emborrachaba se volvía un furibundo patriota. Empezaba la tarde animado con buenos principios comunistas, pero, después de tres o cuatro litros de vino, se convertía en un chovinista rampante y no paraba de denunciar espías, retar a pelear a los desconocidos y, si nadie lo impedía, a lanzar botellas por el aire. Era entonces cuando pronunciaba su discurso, pues todos los sábados por la noche pronunciaba una arenga patriótica. Siempre el mismo, palabra por palabra. Decía así:

«Ciudadanos de la República, ¿hay aquí algún francés? Si lo hay, me pongo en pie para recordarle… para recordarle los gloriosos días de la guerra. Cuando se echa la vista atrás a esa época de camaradería y heroísmo, se echa, en efecto, la vista atrás a esa época de camaradería y heroísmo. Cuando se recuerda a los héroes muertos… se recuerda, en efecto, a los héroes muertos. Ciudadanos de la República, a mí me hirieron en Verdún…».

Entonces se desvestía en parte para mostrar la herida que había recibido en Verdún. Se oían aplausos. El discurso de Fureux nos parecía lo más gracioso del mundo. Era un espectáculo conocido en el barrio; había gente que iba de otros bistros a verlo.


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