Sin blanca en Paris y Londres

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Se corría la voz de fastidiar a Fureux. Con un guiño, alguien exigía silencio y le pedía que cantara la «Marseillaise». La cantaba bien, con una bonita voz de bajo, y hacía patrióticos gorgoritos cuando llegaba a «Aux arrmes, citoyens! Formez vos bataillons!». Lágrimas sinceras le corrían por las mejillas, estaba demasiado borracho para ver que todo el mundo se reía. Luego, antes de que terminase, dos recios obreros le sujetaban de los brazos mientras Azaya gritaba: «Vive l’Allemagne!» lejos de su alcance. El rostro de Fureux se ponía de color púrpura al oír aquella infamia. Todo el mundo en el bistro empezaba a gritar a coro: «Vive l’Allemagne! À bas la France!» y Fureux se debatía e intentaba golpearles. De pronto se fastidiaba la diversión. Se ponía pálido, sus miembros se aflojaban y, antes de que nadie pudiera impedirlo, vomitaba sobre la mesa. Entonces madame F. lo cogía en volandas como un saco y se lo llevaba a dormir la mona. Por la mañana volvía a aparecer, tranquilo y educado, y compraba un ejemplar de L’Humanité.







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