Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Limpiaban la mesa con un trapo, madame F. sacaba más botellas y barras de pan, y todos nos dedicábamos a beber. Había más canciones. Un cantante ambulante entraba con su banjo y actuaba a cambio de monedas de cinco sous. Un árabe y una joven del bistro que había calle abajo bailaban una danza, el hombre llevaba un falo de madera pintado, del tamaño de un rodillo pastelero. Entonces el ruido cesaba de vez en cuando. La gente había empezado a hablar de sus amoríos, de la guerra, de la pesca de mújoles en el Sena, de la forma mejor de faire la révolution y a contar anécdotas. Charlie, que volvía a estar sobrio, interrumpía la conversación y hablaba cinco minutos sobre su alma. Las puertas y las ventanas estaban abiertas para refrescar el ambiente. La calle se iba vaciando y a lo lejos se oía el carrito del lechero que avanzaba con estrépito por el Boulevard SaintMichel. Notabas el aire frío en la frente y el áspero vino africano sentaba muy bien; seguíamos alegres, pero meditativos, y cesaban las risas y los gritos.