Sin blanca en Paris y Londres

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A eso de la una ya no nos sentíamos tan alegres. Notábamos cómo se disipaba la alegría de la tarde y pedíamos más botellas, pero madame F. había empezado a rebajar el vino con agua y ya no sabía igual. Los hombres se volvían pendencieros. Besaban con violencia a las chicas y les metían mano por debajo de la falda, hasta que se iban por miedo a que la cosa empeorara. Louis, el albañil, gateaba borracho por el suelo ladrando y fingiendo ser un perro. Los demás se hartaban y le daban patadas al pasar. La gente se cogía del brazo y empezaba largas y divagantes confesiones, y se enfadaba si no les prestaban atención. La concurrencia empezaba a disminuir. Manuel y otro hombre, ambos jugadores, iban al bistro árabe, donde se jugaba a los naipes hasta el amanecer. Charlie conseguía de pronto que madame F. le prestara treinta francos y se marchaba, probablemente a algún burdel. Los hombres apuraban las copas, decían: «’Sieurs, dames!», y se iban a la cama.








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