Sin blanca en Paris y Londres

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En ocasiones, la cocinera se pasaba por el restaurante para ver cómo iban las cosas y, cuando veía que en la cocina seguía sin haber cazuelas ni sartenes, se echaba a llorar. Jules, el segundo camarero, se negaba en redondo a trabajar. Era magiar, un hombrecillo moreno con gafas, de rasgos afilados y muy parlanchín; había estudiado medicina una temporada, pero había tenido que dejar los estudios por falta de dinero. Le gustaba hablar mientras los demás trabajaban, y me contó muchas cosas de sí mismo y de sus ideas. Por lo visto, era comunista, tenía muchas teorías extrañas (sabía demostrar matemáticamente que trabajar no valía la pena) y, como todos los magiares, era muy orgulloso. Los hombres perezosos y orgullosos no son buenos camareros. Una de las cosas de las que más se jactaba Jules era de que en una ocasión, después de que un cliente le insultara, le había echado encima un plato de sopa caliente, y luego se había marchado sin esperar siquiera a que lo despidieran.

Cada día que pasaba, Jules se enfurecía más de la jugarreta que nos había gastado el patron. Hablaba con una oratoria farfullera. Se dedicaba a ir y venir blandiendo el puño y me animaba a no trabajar más.



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