Sin blanca en Paris y Londres

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Seguíamos así hasta las tres de la tarde sin demasiadas variaciones, excepto que, a eso de las once, la cocinera casi siempre tenía una crise de nerfs y sus ojos se anegaban en lágrimas. De las tres a las cinco, los camareros no tenían demasiado trabajo, pero la cocinera seguía ocupada, y yo tenía que darme más prisa que nunca porque había una pila de platos sucios esperándome y había que fregarlos, al menos una parte, antes de que empezara la cena. El trabajo se duplicaba por lo precario de las condiciones: el escurreplatos lleno, el agua tibia, los trapos mojados y el fregadero que se embozaba una vez cada hora. A las cinco, la cocinera y yo apenas nos teníamos en pie, pues no habíamos probado bocado ni nos habíamos sentado desde las siete. Nos desplomábamos, ella en el cubo de la basura y yo en el suelo, bebíamos una botella de cerveza y nos disculpábamos por algunas de las cosas que nos habíamos dicho esa mañana. El té nos ayudaba a seguir. Siempre teníamos una tetera llena y bebíamos litros al día.







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