Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Hasta las diez, la cosa era relativamente sencilla y, aunque trabajábamos deprisa, nadie se impacientaba. La cocinera encontraba tiempo para hablar de su naturaleza artística, preguntarme si Tolstói no me parecía épatant y cantar con una bonita voz de soprano mientras picaba ternera sobre la tabla. Sin embargo, a eso de las diez, los camareros empezaban a exigir su almuerzo, y a las once llegaban los primeros clientes. De pronto todo eran prisas y malhumor. No se oían los gritos ni existían los apremios del Hôtel X., pero imperaba un ambiente de confusión, mezquindad y exasperación. En el fondo, lo peor era la incomodidad. La cocina era tan estrecha que había que dejar los platos en el suelo y tener cuidado de no pisarlos. La cocinera me golpeaba con su inmenso trasero cada vez que se movía. De su boca brotaba un inacabable torrente de órdenes malhumoradas: «¡Serás idiota! ¿Cuántas veces te he dicho que las remolachas no se cortan? ¡Deprisa, déjame pasar al fregadero! Quita los cuchillos de ahí; sigue con las patatas. ¿Dónde has dejado el colador? ¡Oh!, deja en paz las patatas. ¿No te he dicho que espumaras el bouillon? Quita esa cazuela con agua de los fogones. Olvídate de fregar y pica el apio. No, así no, idiota, así. ¡Estate atento! ¡Mira cómo has dejado que se derrame el agua de los guisantes! Ponte a trabajar y quítales las escamas a los arenques. Mira, ¿tú crees que este plato está limpio? Sécalo con el delantal. Deja la ensalada en el suelo. Ahí, muy bien, justo donde más fácil es que acabe pisándola. ¡Cuidado con esa cazuela, que se sale el agua! Pásame la sartén. No, la otra. Pon esto en la parrilla. Tira esas patatas. No pierdas tiempo, tíralas al suelo. Písalas y echa un poco de serrín; este suelo parece una pista de patinaje. ¡Mira, idiota, se quema el filete! Mon Dieu, ¿por qué me habrán enviado a un plongeur tan inútil? ¿Con quién te crees que estás hablando? ¿Te das cuenta de que mi tía era una condesa rusa?», etc., etc., etc.