Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres La cocinera y yo por lo general encontrábamos un rato para cenar entre las diez y las once. A medianoche, la cocinera robaba un paquete de comida para su marido, se lo metÃa debajo de la ropa y se iba quejándose de que ese horario acabarÃa matándola y diciendo que se despedirÃa por la mañana. Jules también se iba a medianoche, por lo general después de discutir con Boris, que tenÃa que quedarse en el bar hasta las dos. Entre las doce y las doce y media, yo procuraba lavar todo lo que podÃa. No habÃa tiempo de hacer las cosas bien, y casi siempre me limitaba a quitar la grasa de los platos con las servilletas. En cuanto a la porquerÃa del suelo, la dejaba allà o la barrÃa debajo de los fogones.
A las doce y media me ponÃa el abrigo y salÃa corriendo. El patron, tan zalamero como siempre, me paraba al verme salir por el bar. «Mais mon cher monsieur, ¡parece usted agotado! Hágame el favor de aceptar esta copa de brandy».
Me daba la copa con tanta cortesÃa como si yo fuese un duque ruso en lugar de un plongeur. A todos nos trataba igual. Era nuestra compensación por trabajar diecisiete horas diarias.