Sin blanca en Paris y Londres

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La cocina cada vez estaba más sucia y las ratas se fueron volviendo atrevidas, y eso que atrapamos a unas cuantas. Al observar aquel cuartucho inmundo, con trozos de carne cruda tirados entre la basura del suelo, las sartenes frías con pegotes de suciedad y el fregadero embozado y cubierto de grasa, me preguntaba si habría algún otro restaurante en el mundo tan malo como el nuestro. Pero los demás respondían que habían estado en sitios peores. A Jules le gustaba que todo estuviese sucio. Por las tardes, cuando no tenía mucho trabajo, se plantaba en la puerta de la cocina y se burlaba de nosotros por trabajar tanto.

«¡Idiota! ¿Para qué friegas ese plato? Frótatelo en los pantalones. ¿Qué más te dan los clientes? Si no se enteran de nada. ¿Cómo te crees que funciona un restaurante? Estás trinchando un pollo y se te cae al suelo. Te disculpas, haces una reverencia, sales; y, a los cinco minutos, vuelves por otra puerta… con el mismo pollo. En eso consiste trabajar en un restaurante», etc.






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