Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres «¡Ah! —respondió—, ve a esa casa de ahí enfrente, la que tiene el cartel de “Camas para hombres solteros”. Es un buen sitio. Yo he dormido en él alguna vez. Es limpio y barato».
Era una casa alta y destartalada, con luces mortecinas en las ventanas y algunas tapadas con papel de estraza. Entré por un pasillo de piedra, y un joven lánguido con ojos soñolientos asomó por una puerta que llevaba a un sótano donde se oían murmullos y del que salió una ráfaga de aire caliente con olor a queso. El joven bostezó y extendió la mano.
—¿Quiere una piltra, jefe? Es un chelín.
Le di la moneda y el joven me guió por una escalera desvencijada y sin luz hasta un dormitorio que despedía un hedor dulzón a tintura de opio y ropa sucia; la ventana parecía cerrada a cal y canto, y el aire al entrar resultaba casi sofocante. Había una vela encendida y vi que la habitación medía quince pies cuadrados por ocho de alto y que en ella había ocho catres. Había ya seis personas acostadas, con la ropa y las botas puestas. Alguien tosía de un modo espantoso en un rincón.