Sin blanca en Paris y Londres

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Cuando me metí en la cama descubrí que era tan dura como una tabla y que la almohada era un cilindro como un bloque de madera. Era mucho peor que dormir encima de una mesa, porque medía menos de seis pies de largo y era muy estrecha; además, el colchón era convexo y había que tener cuidado de no caerse. Las sábanas apestaban de tal modo a sudor que no soportaba tener la nariz cerca. Además, no había más que una sábana y un cobertor de algodón, así que a pesar de aquel ambiente tan sofocante hacía bastante frío. A lo largo de la noche oí todo tipo de ruidos. Una vez cada hora, el hombre a mi izquierda —creo que era un marinero— se despertaba, maldecía y encendía un cigarrillo. Otro hombre, que padecía una enfermedad de la vejiga, se levantó media docena de veces para buscar el orinal. El hombre del rincón sufría un ataque de tos cada veinte minutos, con tanta regularidad que acababas esperándolo igual que esperas el siguiente ladrido cuando un perro le aúlla a la luna. Era un sonido repulsivo que desafiaba cualquier descripción; un sucio burbujeo y una arcada como si los intestinos de aquel hombre se revolvieran en su interior. En una ocasión encendí una cerilla y vi que era muy viejo y que tenía el rostro grisáceo y demacrado como un cadáver, se había envuelto la cabeza en los pantalones a modo de gorro de dormir, algo que me asqueó por algún motivo. Cada vez que tosía o que el otro maldecía, una voz soñolienta gritaba: «¡Callad! Por el amor de Dios… ¡callad de una vez!».


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