Sin blanca en Paris y Londres

Sin blanca en Paris y Londres

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Crucé el río y anduve un buen trecho hacia el este, luego entré en un café de Tower Hill. Un café londinense normal, como hay miles, y que, después de París, me pareció raro y extraño. Era un cuarto pequeño y asfixiante con los bancos de respaldo alto que estaban de moda en la década de 1840, habían escrito el menú del día en un espejo con una pastilla de jabón, y una chica de catorce años servía los platos. Los peones comían de grandes paquetes envueltos en papel de periódico y bebían té en tazas sin platillo. Un judío engullía beicon en un rincón con la cara muy cerca del plato.

—¿Podría servirme un poco de té, pan y mantequilla? —le pregunté a la joven.

Me miró fijamente.

—No tenemos mantequilla, solo margarina —respondió, sorprendida. Y repitió la comanda con la frase que equivale en Londres al eterno coup de rouge de París—: ¡Un té grande con dos rebanadas!

En la pared que tenía al lado había un cartel que decía «Prohibido llevarse el azúcar»; debajo algún cliente con instintos poéticos había escrito:

Quien se lleve el azúcar del salón

es un auténtico…


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