Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Me gustaba la cocina. Era un sótano muy profundo de techo bajo, muy caluroso y mareante por los vapores de hulla e iluminado solo por las llamas, que arrojaban sombras negras y aterciopeladas en los rincones. De unas cuerdas del techo colgaban prendas harapientas recién lavadas. Hombres teñidos de rojo por la luz, en su mayoría estibadores, pululaban con ollas en torno a los fuegos, algunos iban casi desnudos, pues acababan de lavar la ropa y estaban esperando a que se secara. Por la noche se jugaba a las cartas y a las damas y se cantaban canciones: una de las favoritas era «I’m a chap what’s done wrong by my parents» y otra muy popular sobre un naufragio. A veces, a última hora de la noche, llegaba alguien con un cubo lleno de bígaros y lo compartía con los demás. Por lo general la comida se compartía y se daba por sentado que había que dar de comer a quien estaba sin trabajo. Había un hombrecillo pálido y demacrado, casi moribundo, a quien se referían como «el pobre Brown, que ha ido tres veces al médico y tres veces lo han rajado en canal» a quienes los demás alimentaban con regularidad.
Otros dos o tres huéspedes eran viejos pensionistas. Hasta que los conocí no supe que en Inglaterra hay ancianos que viven solo con una pensión de diez chelines semanales. Ninguno tenía otro recurso. Uno de ellos era bastante locuaz y le pregunté cómo se las arreglaba para subsistir. Respondió: