Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres En mi opinión, esos refugios del Ejército de Salvación, aunque limpios, son mucho más deprimentes que la peor casa de huéspedes. Cuánta desesperanza hay en algunas de las personas que los frecuentan, tipos honrados y sin un céntimo que han empeñado hasta el cuello de la camisa pero siguen buscando trabajo como oficinistas. Acudir a un refugio del Ejército de Salvación, que al menos está limpio, es su último asidero a la respetabilidad. En la mesa de al lado había dos extranjeros vestidos con harapos, aunque era evidente que eran caballeros. Estaban jugando al ajedrez de palabra, sin ni siquiera escribir los movimientos. Uno de ellos era ciego, y les oí decir que llevaban mucho tiempo ahorrando para comprar un tablero que costaba media corona, pero nunca lograban reunir el dinero. Aquí y allá había oficinistas sin trabajo, pálidos y malhumorados. Un joven alto, delgado y mortalmente pálido hablaba muy nervioso a un grupo de ellos. Daba puñetazos en la mesa y fanfarroneaba de un modo extraño y febril. Cuando los oficiales estaban lejos profería pintorescas blasfemias: «¿Sabéis qué os digo? Que mañana voy a conseguir ese trabajo. Yo no me dejo humillar como vosotros; sé cuidar de mí mismo. ¡Mirad ese… cartel de ahí! “¡El Señor proveerá!”. Pues sí que me ha provisto a mí. No seré yo quien confíe en el Señor de los… Esperad y veréis. Voy a conseguir ese trabajo», etc., etc.