Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Estuve observándolo sorprendido por su forma agitada y exaltada de hablar; parecía histérico o tal vez un poco borracho. Una hora después entré en un cuartito, apartado de la sala principal, que era una sala de lectura. No había ni libros ni periódicos, así que muy pocos huéspedes lo frecuentaban. Al abrir la puerta encontré al joven oficinista solo, de rodillas, ¡y rezando! Antes de volver a cerrar la puerta tuve tiempo de mirarlo a la cara y vi su gesto de sufrimiento. De pronto comprendí, por la expresión de su rostro, que estaba famélico.
Las camas costaban ocho peniques cada una. A Paddy y a mí nos quedaron cinco peniques que gastamos en el bar, donde servían comida barata, aunque no tanto como en una casa de huéspedes. El té parecía estar hecho con polvo de té, que supongo que el Ejército de Salvación debía de haber conseguido como donativo, aunque lo vendían a penique y medio la taza. Era malísimo. A las diez en punto un oficial pasó por la sala tocando un silbato. Todo el mundo se puso en pie enseguida.
—¿Qué pasa? —le pregunté sorprendido a Paddy.
—Pues que hay que irse a la cama. Y rapidito.
Obedientes como corderitos, los doscientos hombres desfilaron hacia sus camas supervisados por los oficiales.