Sin blanca en Paris y Londres

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El dormitorio era un enorme desván como el barracón de un cuartel, con sesenta o setenta camas. Estaban limpias y eran bastante cómodas, aunque también muy estrechas, y se hallaban tan juntas que respirabas en la cara del vecino. En la habitación dormían dos oficiales para asegurarse de que nadie fumaba ni hablaba después de apagar la luz. Paddy y yo apenas pudimos pegar ojo, porque teníamos cerca a un hombre con un trastorno nervioso, tal vez neurosis de guerra, que gritaba «¡Pip!» a intervalos irregulares. Era un sonido agudo y sorprendente, parecido a la bocina de un coche pequeño. No había forma de saber cuándo se produciría y resultaba un estupendo antídoto contra el sueño. Por lo visto, Pip, como lo llamaban los demás, era uno de los habituales del refugio y cada noche impedía dormir a diez o veinte personas. Era un ejemplo de las cosas que no dejan conciliar el sueño en esos refugios donde se trata a la gente como ganado.








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