Sin blanca en Paris y Londres

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Descubres, por ejemplo, el secretismo que va ligado siempre a la pobreza. De pronto tus ingresos se reducen a seis francos al día. Pero, por supuesto, no osas admitirlo: tienes que fingir que sigues como siempre. Desde el principio te enredas en una maraña de mentiras, e incluso eso es difícil de manejar. Dejas de enviar la ropa a la lavandería, te encuentras con la lavandera y te pregunta por qué; farfullas una excusa, ella cree que la estás enviando a otro sitio y se convierte en tu enemiga de por vida. El estanquero te pregunta por qué fumas menos que antes. Quieres responder a unas cartas y no puedes porque los sellos son demasiado caros. Y luego está la comida, eso es lo más difícil. Todos los días sales a la hora de comer, en teoría a un restaurante, y te pasas una hora contemplando las palomas en los Jardines de Luxemburgo. Después te llevas de tapadillo la comida a casa. Pan con margarina, o pan y vino, y hasta eso está dominado por las mentiras. Te ves obligado a comprar pan de centeno en vez de pan blanco, porque las hogazas de pan de centeno, aunque más caras, son redondas y es posible ocultarlas en los bolsillos. De modo que desperdicias un franco al día. A veces, para guardar las apariencias, tienes que gastar sesenta céntimos en una copa, y te quedas sin la correspondiente cantidad de comida. Tu ropa interior cada vez está más sucia y no tienes jabón ni cuchillas de afeitar. Te hace falta un corte de pelo e intentas cortártelo tú, con tan malos resultados que al final acabas yendo al barbero y gastándote el equivalente a la comida de un día. Te pasas el día contando mentiras que siempre te cuestan caras.


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