Sin blanca en Paris y Londres

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A las diez fui al despacho de B. y le pedí que me dejara prestada una libra. Me dio dos e insistió en que volviese cuando me hiciera falta, así que Paddy y yo dejamos de tener dificultades de dinero al menos una semana. Pasamos el día en Trafalgar Square, buscando a un amigo de Paddy que no se presentó, y por la noche fuimos a una casa de huéspedes que hay en un callejón cerca del Strand. El precio eran once peniques, pero era un sitio oscuro y maloliente frecuentado por «mariquitas». Eran como los jóvenes apaches que se ven en París, solo que sin patillas de boca de hacha. Un hombre vestido y otro desnudo regateaban delante del fuego. Eran vendedores de periódicos. El que iba vestido le estaba vendiendo su ropa al otro.

—Como lo oyes —decía—, la mejor ropa que has tenido jamás. Media corona por el abrigo, dos chelines por los pantalones, uno y medio por las botas y otro chelín por la gorra y el abrigo. En total, siete chelines.

—¡Ni lo sueñes! Te doy uno y medio por el abrigo, uno por los pantalones y dos por lo demás. En total, cuatro y medio.

—Déjalo en cinco y medio y tan amigos.

—De acuerdo, quítatelo todo, que tengo que ir a vender la última edición.


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