Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Estaba claro que la frase no era del médico, sino de su cosecha. Tenía un don para las frases. Se las había arreglado para conservar el cerebro intacto y despierto, de modo que nada le podía hacer sucumbir a la pobreza. Daba igual que estuviese helado y harapiento, o incluso muerto de hambre: mientras pudiera leer, pensar y buscar meteoros en el firmamento sería, como él mismo decía, libre de espíritu.
Era un ateo empedernido (de esos que no es que no crean en Dios, sino que le tienen antipatía personal) y le gustaba pensar que los asuntos humanos no tenían arreglo. A veces, decía, cuando dormía en el Embankment le había consolado contemplar Marte o Júpiter y pensar que era probable que allí también hubiese gente durmiendo en la calle. Tenía una curiosa teoría al respecto. La vida en la Tierra, según él, es difícil, porque el planeta es pobre en cuanto a las necesidades de la existencia. Marte, con su clima frío y su escasez de agua, debía de ser mucho más pobre, y en consecuencia la vida sería mucho más difícil. Si en la Tierra se limitan a meterte en la cárcel por robar seis peniques, en Marte probablemente te hervirían vivo. No sé por qué, pero la idea le alegraba. Era un hombre excepcional.