Sin blanca en Paris y Londres

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Entretanto, continuamos con la vida en la pensión, una vida miserable, anodina y de un aburrimiento abrumador. Pasábamos días enteros sin otra cosa que hacer que sentarnos en la cocina subterránea y leer el periódico del día anterior, o, si lo conseguías, un número atrasado del Union Jack. En esa época llovió mucho, todo el mundo estaba empapado y la cocina hedía. El único aliciente era el té con dos rebanadas. No sé cuánta gente habrá llevando esta vida en Londres, deben de ser miles. En cuanto a Paddy, hacía dos años que las cosas no le iban tan bien. Sus interludios entre vagabundeos, cada vez que había conseguido reunir unos chelines, habían sido siempre así y en los caminos vivía un poco peor. Al oír su voz quejosa —siempre gimoteaba cuando tenía hambre—, te dabas cuenta de la tortura que era para él estar sin trabajo. La gente se equivoca cuando cree que a un desempleado lo único que le angustia es haberse quedado sin su salario; al contrario, la gente analfabeta, con la costumbre del trabajo metida en los huesos, necesita el trabajo más que el dinero. Un hombre educado puede soportar el ocio forzoso, que es uno de los peores males de la pobreza. Pero un hombre como Paddy, incapaz de ocupar su tiempo, es tan desdichado sin trabajo como un perro atado a una cadena. Por eso es tan absurdo fingir que hay que compadecerse de los venidos a menos, porque quienes verdaderamente merecen nuestra compasión son los que han estado abajo desde siempre y se enfrentan a la pobreza desanimados y sin recursos.


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