Sin blanca en Paris y Londres

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Fue un placer ver cómo reaccionaban los huéspedes ante aquella intromisión. Ninguno se mostró grosero y se limitaron a no hacerles el menor caso. Por una especie de acuerdo común, todos los que estaban en la cocina —puede que unos cien hombres en total— actuaron como si no los vieran. Los tres siguieron cantando y exhortándonos con paciencia, sin que nadie les prestase más atención que a un insecto. El caballero de la levita pronunció un sermón, pero apenas se le oía entre el habitual bullicio de canciones, blasfemias y entrechocar de cazuelas. Los hombres se sentaron a comer y a jugar a las cartas a tres pies del armonio como si tal cosa. Al cabo de un rato se dieron por vencidos y se marcharon sin recibir ningún insulto, tan solo indiferencia. Sin duda debieron de consolarse pensando en lo valientes que habían sido «al aventurarse en los tugurios más bajos», etc., etc.

Bozo me contó que aquella gente iba a la pensión varias veces al mes. Tenían contactos en la policía y el «encargado» no podía prohibirles la entrada. Es curioso que la gente se crea con derecho a sermonearte y rezar por ti en cuanto tus ingresos caen por debajo de cierto nivel.




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