Sin blanca en Paris y Londres

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Continué de esa manera unas tres semanas. Los cuarenta y siete francos desaparecieron pronto y tuve que arreglármelas con los treinta y seis a la semana que ganaba con las clases de inglés. Como me faltaba experiencia, administraba mal el dinero, y a veces me pasaba un día sin comer. En esos casos vendía un poco de ropa, la sacaba a escondidas del hotel en un paquetito y la llevaba a una tienda de segunda mano en la rue de la Montagne-Sainte-Geneviève. El tendero era un judío pelirrojo, un hombre muy desagradable que se encolerizaba al ver llegar a un cliente. A juzgar por sus modales, cualquiera diría que le ofendía que entrases en su tienda. «Merde! —gritaba—, ¿otra vez aquí? ¿Es que me ha tomado por la beneficencia?». Y pagaba precios bajísimos. Por un sombrero que me había costado veinticinco chelines y que apenas había usado me dio cinco francos, por un buen par de zapatos otros cinco francos y apenas un franco por camisa. Prefería cambiar a comprar y acostumbraba a ponerte algún objeto inútil en la mano y fingir que lo habías aceptado. En una ocasión le vi aceptar un buen abrigo de una anciana, ponerle dos bolas blancas de billar en las manos y sacarla a empujones de la tienda antes de que pudiera quejarse. Habría sido un placer romperle la nariz a aquel judío, si hubiese podido permitírmelo.



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