Sin blanca en Paris y Londres

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Esas tres semanas fueron míseras e incómodas, y era evidente que aún me esperaba lo peor, pues pronto expiraría el alquiler. No obstante, no fue tan malo como pensaba, pues, cuando caes en la pobreza, descubres algo que te hace olvidar lo demás: descubres el aburrimiento, las mezquinas complicaciones y el hambre, pero también el rasgo redentor de la pobreza, el hecho de que elimina el futuro. Dentro de ciertos límites, es cierto que cuanto menos dinero tienes menos te preocupas. Cuando tienes cien francos, te asaltan temores sin cuento. Cuando tienes solo tres todo te es indiferente; con eso tienes hasta el día siguiente y eres incapaz de pensar más allá. Te aburres, pero no tienes miedo. Piensas vagamente: «Dentro de un día o dos estaré muriéndome de hambre… parece increíble, ¿no?». Y luego empiezas a pensar en otra cosa. Una dieta a base de pan con margarina ofrece, hasta cierto punto, su propio analgésico.

Hay otra sensación que constituye un gran consuelo en la pobreza. Creo que cualquiera que haya pasado apuros económicos la habrá experimentado. Es una sensación de alivio, casi placentera, al saber que por fin estás sin blanca. Has hablado tantas veces de la posibilidad de acabar en el arroyo… y resulta que ya estás en él y puedes soportarlo. Eso te quita muchas preocupaciones.


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