Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Había cien personas esperando a la puerta, tipos sucios que habían acudido desde muy lejos atraídos por la promesa de un té gratis, como buitres alrededor de un búfalo muerto. Al cabo de un rato, las puertas se abrieron y un clérigo y varias jóvenes nos llevaron a una galería en la parte de arriba. Era una iglesia evangélica, sobria y fea, con textos sobre la sangre y el fuego escritos en las paredes y un himnario con mil doscientos cincuenta y un himnos; después de leer algunos de ellos, decidí que podía considerarse una antología de mala poesía. Después del té iba a celebrarse un servicio religioso y los fieles estaban ocupando ya sus sitios en la iglesia. Era un día laborable y había solo una decena, en su mayoría viejas demacradas como aves hirviendo en la cazuela. Nos acomodamos en los bancos de la galería y nos dieron el té: una jarra a cada uno y seis rebanadas de pan con margarina. En cuanto se acabó el té, una decena de vagabundos que se habían quedado cerca de la puerta se largaron para librarse del servicio religioso. Los demás se quedaron, no tanto por gratitud, como porque no tenían suficiente descaro para marcharse.