Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Sonaron los acordes preliminares del órgano y dio comienzo la misa. Al instante, como a una señal, los vagabundos empezaron a comportarse de la manera más atroz. No imaginaba que fuese posible presenciar escenas así en una iglesia. Los hombres se movían en sus asientos, se reían, conversaban y arrojaban bolitas de pan a la congregación; tuve que obligar, más o menos por la fuerza, al tipo que tenía al lado a que no encendiera un cigarrillo. Los vagabundos observaron el servicio religioso como un espectáculo puramente cómico. De hecho, fue un servicio bastante ridículo —de esos en los que se oyen repentinos gritos de «¡Aleluya!» e incontables oraciones improvisadas—, pero su comportamiento sobrepasó todos los límites. Había un sujeto en la congregación —un tal hermano Bootle— que nos exhortaba a menudo a rezar y, cada vez que se levantaba, los vagabundos empezaban a patear como en el teatro; contaron que en una ocasión había alargado una oración improvisada veinticinco minutos hasta que el pastor se vio obligado a interrumpirle. Una vez, cuando el hermano Bootle se levantó, un vagabundo exclamó: «¡Dos contra uno a que no aguanta siete minutos!», en voz tan alta que le oyó toda la iglesia. Al cabo de un rato estábamos haciendo más ruido que el pastor. De vez en cuando alguien soltaba un indignado «¡Chis!», pero no causaba ninguna impresión. Nos habíamos propuesto sabotear el servicio y no había quien nos parase.