Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Fue una escena rara y bastante desagradable. Abajo había un puñado de personas sencillas y bienintencionadas que se esforzaban en rezar, y arriba cien hombres a quienes habían dado de comer que se lo impedían. Un círculo de caras sucias e hirsutas sonreían desde la galería y se mofaban abiertamente. ¿Qué podían hacer unos cuantos hombres y mujeres contra cien vagabundos hostiles? Nos tenían miedo y estábamos abusando de ellos sin más. Era nuestra venganza por habernos humillado al alimentarnos.
El pastor era un hombre valiente. Siguió pronunciando su sermón sobre Josué y casi se las arregló para hacer caso omiso de las burlas y la charla de arriba. Pero al final, harto tal vez, anunció en voz alta: «¡Los últimos cinco minutos de mi sermón los dedicaré a los pecadores condenados!».
Dicho lo cual, se volvió hacia la galería y siguió así cinco minutos, por si quedaba alguna duda sobre quiénes se salvarían y quiénes no. Pero ¡nos trajo sin cuidado! Incluso cuando nos amenazó con el fuego del infierno, nos dedicamos a liar cigarrillos y, después del último amén, bajamos con mucho ruido por las escaleras, y algunos quedaron en volver a tomar otra vez el té la semana siguiente.