Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Cuando llegamos a Cromley, era demasiado pronto para ir al albergue, y anduvimos varias millas más hasta llegar a un bosquecillo al lado de un prado. Se notaba que era un caravasar habitual de los vagabundos por la hierba pisoteada, los periódicos mojados y las latas oxidadas que habían dejado a su paso. Fueron llegando otros vagabundos solos o en parejas. Hacía un agradable tiempo otoñal. No muy lejos crecía una mata de hierba lombriguera; aún hoy me parece recordar el hedor acre de la hierba, que competía con el que despedían los vagabundos. En el prado dos potros de tiro de color castaño con la crin blanca pacían junto a una cerca. Nos tumbamos en el suelo, cansados y sudorosos. Alguien se las arregló para encontrar unas ramas secas y encender una hoguera y todos bebimos té sin leche en una lata que fue pasando de mano en mano.
Algunos vagabundos empezaron a contar historias. Uno de ellos, Bill, era un tipo interesante, un auténtico vagabundo de los de antes, fuerte como un Hércules y enemigo declarado del trabajo. Se jactaba de que, con su fuerza, conseguía trabajo de peón siempre que quería, aunque en cuanto le pagaban el jornal se cogía una borrachera y lo despedían. Entretanto, se dedicaba a pedir, sobre todo a los tenderos. Hablaba así: