Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres «No pienso quedarme mucho tiempo en el… Kent. Es un condado de agarrados, sí señor. Ha habido demasiados mendigos por aquí. Los… panaderos prefieren tirar el pan a la basura a dártelo a ti. Oxford sí que es un buen sitio para mendigar. Cuando estuve allí mendigaba pan, beicon, ternera y por la noche le sacaba medio chelín a los estudiantes para pagarme la piltra. La última noche me faltaban dos peniques, así que fui a un cura y le pedí tres peniques. Me los dio y acto seguido me denunció por pedigüeño. “Estás mendigando”, me dijo el poli. “No —respondí—, solo le he preguntado la hora al caballero”. El poli me cacheó y encontró dentro del abrigo una libra de carne y dos barras de pan. “¿Y esto qué es? —preguntó—. Será mejor que me acompañes a comisaría”. Me cayeron siete días. Nunca volveré a pedirle limosna a un… cura. Pero ¡Dios!, ¿qué me importa a mí que me encierren siete días?, etc., etc.
Por lo visto, su vida consistía en eso: en mendigar, emborracharse y pasar temporadas en el trullo. Se reía al contarlo, como si fuese una broma. No parecía que la mendicidad le resultara muy rentable, porque llevaba solo un traje de pana, una bufanda y una gorra, sin calcetines ni ropa interior. Aun así, estaba gordo y alegre, e incluso olía a cerveza, un olor poco frecuente en un pedigüeño.