Sin blanca en Paris y Londres

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XXXV

Al llegar a Lower Binfield nos tumbamos un buen rato en la hierba, a la vista de los vecinos, que nos observaban desde la puerta de sus casas. Un clérigo y su hija que pasaban por allí nos estuvieron mirando en silencio un rato, como si fuésemos peces en un acuario, y luego siguieron su camino. Éramos varias decenas: estaban William y Fred, que seguían cantando; los dos hombres que se habían peleado por el camino y Bill el pedigüeño. Había ido a pedir a las panaderías y tenía un montón de pan duro entre el abrigo y la piel desnuda. Lo compartió y todos nos alegramos mucho. Entre nosotros había una mujer, la primera vagabunda que vi. Era una mujer gorda y muy sucia de unos sesenta años con una larga falda negra. Se daba muchos humos y si alguien se sentaba cerca, olisqueaba el aire y se alejaba un poco.

—¿Adónde va, señora? —le preguntó uno de los vagabundos.

La mujer hizo un gesto de desprecio y miró a lo lejos.

—Vamos, señora —insistió—, anímese. Seamos amigos. Aquí vamos todos en el mismo barco.

—Gracias —respondió la mujer con amargura—, cuando quiera mezclarme con una panda de vagabundos se lo diré.


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