Sin blanca en Paris y Londres

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Me gustó el modo en que dijo «vagabundos». Fue como si revelara su alma con un fogonazo: un alma ciega, femenina y alicorta, que no había aprendido nada después de tantos años en los caminos. Sin duda era alguna viuda respetable que se había convertido en vagabunda por alguna circunstancia absurda.

El albergue abría a las seis. Era sábado y tendríamos que pasar en él el fin de semana; ignoro el porqué, como no sea una vaga presunción de que el domingo tiene que ser desagradable. Cuando nos registramos dije que era «periodista». Era más cierto que «pintor», ya que alguna que otra vez había ganado dinero escribiendo artículos en los periódicos, pero decirlo no fue muy inteligente, pues estaba claro que iba a despertar suspicacias. Nada más entrar en el albergue y formar en fila, el vagabundo mayor me llamó por mi nombre. Era un tipo estirado y marcial de unos cuarenta años, que no parecía tan abusón como me habían dicho, sino un viejo soldado malhumorado. Dijo en tono cortante:

—¿Quién de vosotros es Blank? (No recuerdo qué nombre había dado).

—Yo, señor.

—¿Así que eres periodista?

—Sí, señor —respondí tembloroso. Bastarían unas cuantas preguntas para dejar claro que había mentido, y podía acabar en la cárcel. Pero el vagabundo mayor se limitó a mirarme de arriba abajo y a decir:


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