Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres —Entonces, ¿eres un caballero?
—Supongo que sÃ.
Me echó otra larga mirada.
—Qué suerte tan puñetera, jefe —dijo—, qué suerte tan puñetera.
Y, a partir de ese momento, me trató con injusto favoritismo, e incluso con una especie de deferencia. No me cacheó y en el baño me dio una toalla limpia, un lujo inaudito. Asà de poderosa es la palabra «caballero» para los oÃdos de un antiguo soldado.
A las siete, después de engullir el té con dos rebanadas, pasamos a las celdas. Esta vez éramos uno por celda y habÃa camas y jergones de paja, asà que teóricamente deberÃamos haber dormido bien. Pero ningún albergue es perfecto, y la peculiar desventaja del de Lower Binfield era el frÃo. Las tuberÃas de agua caliente no funcionaban, y las dos mantas de algodón que nos habÃan dado eran muy finas y no servÃan de nada. Estábamos en otoño, pero el frÃo era terrible. Pasabas la larga noche de doce horas dando vueltas, te quedabas dormido unos minutos y te despertabas temblando aterido. No podÃamos fumar, pues el poco tabaco que habÃamos podido colar lo habÃamos dejado con la ropa y hasta la mañana siguiente no nos la devolverÃan. En el pasillo se oÃan gemidos y a veces alguna maldición. No creo que nadie durmiera más de una o dos horas.