Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres En la cocina no había nada que hacer, así que me escabullí a un cobertizo que utilizaban para guardar las patatas y donde se habían refugiado varios pobres del hospicio para librarse del servicio religioso dominical. Había unas cajas muy cómodas en las que sentarse, y varios números atrasados de Family Herald, e incluso un ejemplar de Raffles de la biblioteca del hospicio. Los pobres contaron cosas interesantes de su vida allí. Me dijeron, por ejemplo, que lo que más odiaban del hospicio, pues lo consideraban el estigma de la caridad, era el uniforme; si pudieran llevar su propia ropa, o al menos su gorra y su bufanda, no les importaría tanto ser pobres. Cené en la mesa del hospicio y fue una comida digna de una boa constrictor: la más copiosa desde el día que llegué al Hôtel X. Los pobres me contaron que por lo general les daban de comer hasta reventar los domingos y el resto de la semana los mataban de hambre. Después de cenar, el cocinero me puso a fregar los platos y me ordenó que tirase la comida sobrante. Era un desperdicio sorprendente y, dadas las circunstancias, vergonzoso. Trozos de carne a medio comer y cubos llenos de pan y verdura se fueron a la basura con lo demás entre las sucias hojas de té. Llené hasta rebosar cinco cubos de comida todavía comestible. Y, entretanto, cincuenta vagabundos esperaban sentados con el estómago casi vacío después del pan con queso del albergue, y tal vez dos patatas hervidas frías porque era domingo. Según los pobres, la comida se tiraba a sabiendas antes que dársela a los vagabundos.