Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres A las tres volví al albergue. Los vagabundos llevaban allí desde las ocho sin apenas sitio para mover un brazo, y estaban casi desquiciados de aburrimiento. Incluso se había acabado el tabaco, pues las reservas de colillas que recogen del suelo se acaban al cabo de unas horas lejos de las aceras. La mayoría estaban demasiado aburridos incluso para hablar; se quedaban en los bancos con la mirada perdida, con los rostros mugrientos deformados por enormes bostezos. La sala apestaba a ennui.
Paddy, con la espalda dolorida por el duro banco, no hacía más que quejarse y, para pasar el rato, entablé conversación con un vagabundo un tanto altivo, un joven carpintero que llevaba cuello de camisa y corbata y que decía estar en los caminos por falta de herramientas. Se mostraba distante con los demás vagabundos y se consideraba más un hombre libre que un vagabundo. Tenía afición a la literatura y llevaba en el bolsillo un ejemplar de Quentin Durward. Me contó que no pisaba un albergue a no ser que lo empujara allí el hambre, y que prefería dormir debajo de los setos o en un almiar. En la costa sur había pasado semanas mendigando de día y durmiendo en las casetas de baño por la noche.