Sin blanca en Paris y Londres

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Hablamos de la vida en los caminos. Criticó el sistema que obliga a los vagabundos a pasar catorce horas al día en el albergue y las otras diez andando o escondiéndose de la policía. Me contó su propio caso: llevaba seis meses viviendo de la caridad pública por falta de unas herramientas que apenas costaban unas libras. Era absurdo, afirmó.

Le conté lo del desperdicio de comida en la cocina y añadí lo que opinaba. Al instante cambió de tono de voz y vi que había despertado al puritano que todo trabajador inglés lleva dentro. Aunque había pasado hambre con los demás, enseguida encontró motivos para tirar la comida a la basura en vez de dársela a los vagabundos. Me sermoneó con mucha severidad: «No les queda otro remedio —dijo—. Si estos sitios fuesen demasiado cómodos, los invadiría la escoria del país. Lo único que les mantiene a distancia es que la comida sea tan mala. Lo malo de estos vagabundos es que son demasiado vagos para trabajar. No hay que animarlos. Son escoria».

Le di varios argumentos para hacerle ver que estaba equivocado, pero no quiso escucharme. No hacía más que repetir: «No hay que compadecerlos. Son escoria. No se les puede juzgar por el mismo patrón que a ti y a mí. Son escoria, solo escoria».


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