Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Era interesante ver de qué modo tan sutil se ponía al margen de «esos vagabundos». Llevaba seis meses en los caminos, pero, por lo visto, no se consideraba un vagabundo ante los ojos del Señor. Imagino que hay muchos vagabundos que dan gracias a Dios por no ser vagabundos. Son igual que los turistas que se quejan de los turistas.
Pasaron tres horas penosas. A las seis llegó la cena que era casi incomible: el pan, que ya estaba reseco por la mañana (lo habían cortado en rebanadas el sábado por la noche) se había vuelto tan duro como galleta de barco. Por suerte, lo habían untado con manteca y pudimos comernos solo la manteca. A las seis y cuarto nos enviaron a la cama. Habían llegado nuevos vagabundos y, para no mezclar a los de días diferentes (por miedo a las enfermedades infecciosas), a los nuevos los pusieron en celdas y a nosotros en dormitorios. Nuestro dormitorio era una sala parecida a un granero con treinta camas muy juntas y una bañera que servía de orinal comunitario. Hedía de un modo abominable, y los viejos no hacían más que toser y levantarse toda la noche. Pero como éramos tantos, la sala estaba más o menos caliente y pudimos dormir un poco.