Sin blanca en Paris y Londres

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Como se ve, las cifras muestran que los hombres que dependen de la beneficencia superan a las mujeres en una proporción cercana a diez contra uno. Es posible que la causa sea que el desempleo afecta menos a las mujeres que a los hombres; también que cualquier mujer presentable puede, como último recurso, buscarse un hombre que la mantenga. El resultado para los vagabundos es que están condenados a un eterno celibato. Pues no hace falta decir que, si apenas ven mujeres de su mismo nivel, las que están por encima, aunque sea un poco, están tan lejos de su alcance como si se hallasen en la luna. Las razones no vale la pena discutirlas, pero no cabe duda de que las mujeres nunca, o casi nunca, condescienden a relacionarse con hombres mucho más pobres que ellas. Un vagabundo, por tanto, está condenado a ser célibe desde el momento en que se echa a la calle. No tiene ni la menor esperanza de tener una esposa, una amante o cualquier otra mujer excepto, muy raras veces, cuando logra reunir unos chelines, una prostituta.







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