Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Es evidente cuáles deben ser por fuerza los resultados: la homosexualidad, por ejemplo, e incluso violaciones en algunos casos. Pero peor aún que lo anterior es la degradación a que se somete a un hombre que sabe que ni siquiera se le considera apto para contraer matrimonio. El impulso sexual, por no usar palabras más elevadas, es un impulso fundamental, y su insatisfacción puede ser tan desmoralizadora como el hambre. Lo malo de la pobreza no es tanto que haga sufrir al hombre, sino que lo corrompe física y espiritualmente. Y no hay duda de que la privación sexual contribuye a ese proceso de corrupción. Apartado por completo de las mujeres, el vagabundo se siente relegado al rango de los tullidos o los locos. Ninguna humillación podría ser más dañina para su dignidad.
El tercero de los grandes males de la vida del vagabundo es la ociosidad forzosa. Nuestras leyes de vagos se aseguran de que cuando no esté andando por los caminos esté en una celda, o, tumbado en el suelo a la espera de que abran el albergue. Es evidente que es un modo de vida desolador y capaz de desalentar a cualquiera, sobre todo si no tiene una educación.