Sin blanca en Paris y Londres
Sin blanca en Paris y Londres Boris hablaba siempre de la guerra como de la época más feliz de su vida. La guerra, y todo lo relacionado con lo militar, era su pasión; había leído incontables libros sobre estrategia e historia militar y conocía todas las teorías sobre Napoleón, Kutuzof, Clausewitz, Moltke y Foch. Cualquier cosa que tuviese que ver con los soldados le gustaba. Su café preferido era la Closerie des Lilas en Montparnasse, solo porque fuera está la estatua del mariscal Ney. Boris y yo íbamos a veces a la rue du Commerce. Si cogíamos el metro, Boris siempre se apeaba en la parada de Cambronne, y no en la de Commerce, que estaba más cerca, le gustaba por el general Cambronne, que, cuando lo conminaron a rendirse en Waterloo, se limitó a responder: «Merde!».
Lo único que le había dejado la Revolución a Boris eran sus medallas y algunas fotografías de su antiguo regimiento; las había conservado cuando se vio obligado a empeñar todo lo demás. Casi todos los días extendía las fotografías sobre la cama y me hablaba de ellas:
«Voilà, mon ami! Ahí me tienes al frente de mi compañía. Una buena pandilla, ¿eh? No como esos cobardes de franceses. Estaba al mando de veinte hombres… no está mal, ¿eh? Sí, era capitán del Segundo de Fusileros Siberianos; y mi padre era coronel.