Sin blanca en Paris y Londres

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La idea no me gustó lo más mínimo, pues la policía parisina es implacable con los comunistas, sobre todo si son extranjeros, y yo ya estaba bajo sospecha. Unos meses antes, un detective me había visto salir de la oficina de un semanario comunista, y me había causado muchas dificultades. Si me sorprendían yendo a esa sociedad secreta, podían deportarme. De todos modos, la ocasión parecía demasiado buena para desperdiciarla. Esa tarde, el amigo de Boris, otro camarero, nos condujo al punto de encuentro. No recuerdo el nombre de la calle, era una sórdida callejuela al sur de la orilla del Sena, cerca de la Cámara de Diputados. El amigo de Boris insistió en que tomásemos muchas precauciones. Fingimos deambular como si tal cosa, encontramos el portal en cuestión —era una lavandería— y dimos media vuelta para inspeccionar todas las ventanas y cafés. Si aquel era un sitio de reunión de los comunistas, lo más probable era que estuviese vigilado, y nuestra intención era largarnos si veíamos a alguien con aspecto de detective. Yo estaba asustado, pero a Boris le gustaban esas precauciones conspiratorias y olvidaba que estaba a punto de tratar con los asesinos de sus padres.





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