Sin blanca en Paris y Londres

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Después de cerciorarnos de que no había moros en la costa, entramos a toda prisa. En la lavandería encontramos a una planchadora francesa que nos dijo que «los caballeros rusos» vivían escaleras arriba, al otro lado del patio. Subimos varios tramos de oscuras escaleras y llegamos a un rellano. Un joven fuerte de aspecto hosco y cabello largo, nos esperaba. Cuando llegué, me miró con suspicacia, me impidió el paso con el brazo y dijo algo en ruso.

«Mot d’ordre!», dijo secamente al ver que no respondía.

Me detuve, sobresaltado. No contaba con que me pidieran una contraseña.

«Mot d’ordre!», repitió el ruso.

El amigo de Boris, que iba detrás, se acercó y dijo algo en ruso, ya fuese la contraseña o una explicación. El joven hosco pareció contentarse con eso y nos llevó a un cuartito mugriento con cristales esmerilados en las ventanas. Era como una oficina muy pobre, con carteles de propaganda con letras rusas y un enorme y tosco retrato de Lenin clavado en la pared. Detrás de la mesa había un ruso sin afeitar y en mangas de camisa escribiendo direcciones en fajas de periódico de una pila que tenía delante. Cuando llegué se dirigió a mí en un francés macarrónico.


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